Licity Collins: cuando el arte se convierte en vuelo
- Diana

- 29 oct
- 2 Min. de lectura

Hay artistas que hacen música. Y hay artistas que hacen mundo. Licity Collins pertenece a esta segunda estirpe. Su obra no se limita a canciones: es un tejido de palabra, cuerpo, sonido y visión que busca, sin concesiones, encender la valentía en quien la escucha. NPR la describió como “valiente… escribiendo y cantando sin filtros”. Pero incluso esa frase se queda corta. Porque lo que hace Collins no es solo arte. Es alquimia emocional.
Desde su residencia como Music Fellow en el Sitka Center for Art and Ecology, hasta su inclusión en la exposición “Black Artists of Oregon” del Portland Art Museum, Licity ha demostrado que su lenguaje es múltiple. Teatro, conceptualismo, spoken word, ópera, folk, rock, música de cámara: todo cabe en su universo si sirve para decir lo que arde. Y en “Dragon”, su más reciente creación, ese fuego se vuelve forma.
“Dragon” no es una canción en el sentido tradicional. Es un estallido rítmico, una criatura sonora que respira, se retuerce y se eleva. Desde el primer compás, la pieza se presenta como un ritual de liberación. La percusión precisa e hipnótica, marca el pulso de algo que está a punto de romperse o de nacer. Y en medio de esa tensión, el violín de Meghan Coil irrumpe como una llamarada: no acompaña, lidera. Es el rugido del dragón que da nombre al tema.
Pero lo más fascinante de “Dragon” es su arquitectura. No hay una estructura pop convencional. En su lugar, hay un diálogo entre instrumentos que se sienten vivos. El bajo y la flauta dulce de Nicole Buetti no son meros adornos: son capas de textura que expanden el paisaje sonoro hasta volverlo casi cinematográfico. Es música que se construye desde el suelo, con paciencia, con gozo, con una libertad que se contagia.
Licity Collins no busca complacer. Busca conmover. Su música no es cómoda, pero sí profundamente humana. “Dragon” no tiene letra, y sin embargo dice tanto. Habla del deseo de romper moldes, de la belleza de lo no domesticado, de la espera como acto de poder. Es una celebración de la creatividad como fuerza vital, como impulso que no se puede contener.
Y en ese sentido, “Dragon” es también un manifiesto. Una invitación a dejar de pedir permiso. A dejar que nuestras propias criaturas internas, esas que a veces escondemos por miedo o por vergüenza, salgan a volar. Porque como dice la propia Collins, hay un momento para esperar… y otro para dejar que el dragón vuele.
Para quienes buscan música que no solo suene, sino que transforme, Licity Collins es una revelación. “Dragon” no es una canción para poner de fondo. Es una experiencia para habitar. Para cerrar los ojos, respirar hondo, y dejarse llevar. Porque a veces, lo que más necesitamos no es una melodía. Es un incendio. Y Licity sabe cómo encenderlo.










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